Da que pensar que aunque pase el tiempo sigamos pecando de lo mismo, pensando en lo mismo, y sobre todo, tropezando siempre en la misma piedra.
- A las personas nos da miedo pensar en las cosas malas, pero necesarias de la vida. Muerte, pérdida, angustia, dolor,… Sin embargo son esas situaciones las que hacen que avancemos y nos volvamos fuertes.
Hasta hace unos años solo veía lo bonito de todo, y me daba miedo pensar en algo que no lo fuera. Pensar que alguna vez mis padres no estarían, mi familia, mis amigos…mi gente, que mi entorno, en general, desapareciera. Pensar que me quedaría sola. Miedo a que algún día yo tampoco esté.
Es raro pensar que todo se puede acabar, que ya nada volverá a ser como antes, que algún día morirás y ni siquiera sabes si te darás cuenta. Cuesta asimilar que el día menos pensado dejes de respirar y que no vas a volver. ¿Te darás cuenta de lo que pase cuando ya no estés? ¿Te darás cuenta, si vuelves, de que ya has estado antes aquí? Quizás por un presentimiento…
Lo sé, es raro todo esto que digo, llamadme loca, pero creo que nadie sabe que hay ‘más allá’. De todas formas, este no es el tema.
Me refiero a las pérdidas en general. Queremos vivir atados a eso que nos hace mal, que ya no está pero que, sin embargo, nosotros seguimos queriendo y no somos capaces de dejar que se vaya. Supongo que la madurez es eso, aprender a desprendernos de todas esas cosas y ser un poco inmunes al dolor, asimilar las pérdidas. La vida es un constante cambio. Dejamos cosas atrás para ir a por otras nuevas. Se trata siempre de un inicio y fin, un continúo ciclo. Nada es para siempre, y lo sabemos. Entonces, ¿por qué nos negamos a abandonar ese lazo que nos une a algo?
Hablando de personas, creo que el problema es que nos atamos demasiado fuerte y luego duele soltarse. El lazo es tan fuerte que llegamos a depender de esa persona. Vivimos y respiramos por ese alguien. Es lógico que no queramos que se vaya, que nos atemos, al fin y al cabo, es como si nos quitaran la vida, una parte de nosotros.
Supongo que a parte de aprender a aceptar las pérdidas, también tenemos que aprender a ser autodependientes, es decir, a depender de nosotros mismos y de nadie más. Al fin y al cabo, ¿que hay más importante que nosotros? A mí me sería imposible vivir sin mí. Aunque no digo que no haya que quererse, amarse, “darse todo”…pero hasta cierto punto.
"Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo un escalamiento bastante complicado, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás, así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esta empinada montaña. Hasta que en un momento determinado, quizás por un mal cálculo, quizás porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener su cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeando salvajemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
Pasó toda su vida por su cabeza y, cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizás la soga se había quedado colgada de alguna amarra… si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.
Miró hacia arriba pero todo era la ventisca y la nieve cayendo sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado a su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.
Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse era infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podría subir a buscarlo antes de que parara la nevisca y, aun en ese momento, cómo sabrían que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco.
Pensó que, si no hacía algo pronto, éste sería el fin de su vida.
Pero, ¿qué hacer?
Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó la voz. Una voz que venía desde su interior que le decía “suéltate”. Quizás era la voz de Dios, quizás la voz de la sabiduría interna, quizás la de algún espíritu maligno, quizás una alucinación… y sintió que la voz insistía “suéltate…suéltate”.
Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía. Y la voz insistía “suéltate”, “no sufras más”, “es inútil este dolor, suéltate”. Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aun, mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que sin lugar a dudas le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
Cuenta esta leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvataje encontró un escalador casi muerto. Le quedaba apenas un hilito de vida. Algunos minutos más y el alpinista hubiera muerto congelado, paradójicamente aferrado a su soga… a menos de un metro del suelo."




Yo también pienso en eso... Este me parece mas interesante todavía que Algo.
ResponderSuprimir